Publicado el 01-05-2008 a las 10:18 por Lestat1339 comentarios
Un deseo, una mariposa
Todo sucedió una fría tarde de primavera, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras los edificios de la ciudad, dejando a su paso tan sólo un leve recuerdo de lo que había sido unas pocas horas atrás. Yo me encontraba en mi piso, junto a la ventana. No miraba la televisión, ni las nubes, ni tan siquiera lo que sucedía en la calle. Todo eso carecía de importancia. Estaba absorto en mis pensamientos, con la mirada perdida en un vacío interminable. Necesitaba comprender. Necesitaba entender porqué tenía la sensación de que nada tenía sentido. Mi vida no tenía sentido. Y lo más importante, no podía quitarme de la cabeza a aquella joven. Sus palabras.
La noche anterior había salido con unos amigos como de costumbre. Solíamos quedar de vez en cuando para charlar. Era una forma más de entender la rutina, de recordarnos a nosotros mismos que, pasara lo que pasara, siempre estaríamos allí; siempre. Pero la noche avanzó mas deprisa de lo que cualquiera de nosotros hubiera deseado. No hubo más remedio que emprender el camino de regreso a casa. Tras un rato andando a buen paso, tan sólo unas manzanas me separaban ya de mi destino. Las calles se encontraban desiertas a esas horas y apenas iluminadas por la tenue luz de alguna farola. Caminaba distraído, pensando en mis cosas, cuando de repente un intenso resplandor apareció frente a mi. No sabría decir si fueron las luces equivocadas de algún coche porque su fuerza me hizo cerrar los ojos, como por instinto. Pasaron unos pocos segundos antes de que lograra recuperar en parte la vista. Y al hacerlo, tan sólo pude distinguir la figura de una joven que caminaba hacia mi. Bajé la mirada y continué mi marcha como si nada hubiera pasado. Pero al momento noté como una mano se posaba sobre mi hombro. Era aquella joven. Paré en seco, me giré y la observé durante unos segundos. No la conocía de nada. Era una chica de estatura media. Llevaba un vestido blanco y su piel era casi tan blanca como su vestido. Tenía el pelo largo y rubio y unos labios rojos en exceso que resaltaban bajo sus ojos verdes. Era preciosa. Me preguntaba que querría de mi. Aún pasaron unos breves segundos antes de que de sus labios saliera alguna palabra. Me miró fijamente con una inocente sonrisa dibujada en la cara cuando me dijo:
- No sufras. Todo el mundo desea que algo cambie en su vida, algo que quizás no sabe siquiera que es. Todo el mundo sueña con alguna cosa que le parece posible e imposible a la vez. ¿Nunca has tenido la sensación de que existen momentos en que esos deseos pueden hacerse realidad?. Si eres capaz de apreciar ese momento y transmitir tu mensaje sincero al mensajero, es posible que descubras que nada es lo que parece y que todo puede cambiar. - Su sonrisa se torno entonces en una delicada carcajada - ¿Crees en las hadas?
Debieron pasar unos segundos antes de que pudiera reaccionar, supongo que por la impresión, porque cuando por fin lo hice, la joven había desaparecido.
- Menudo idiota estoy hecho - pensé para mis adentros. - ¿Cómo me he podido quedar en blanco tanto tiempo como para que ella se haya marchado sin haberme dado cuenta?
Pero eso no era lo más importante, porque mientras recorría el escaso trayecto que me separaba de mi casa, allí entre los fríos edificios grises de la ciudad, no pude quitarme de la cabeza esas extrañas palabras que me había dedicado la extraña y dulce muchacha.
Y así me encontraba ese día, junto a la ventana, meditando sobre esas palabras. "No sufras"... Era muy fácil de decir. Todo el mundo sufre por alguna cosa. Pero yo sabía que mi sufrimiento iba más allá. Tenía lo que muchos definirían como una buena vida. Un excelente trabajo de investigación, una novia maravillosa que siempre velaba por mi, sin llevarme nunca la contraria. Tenía un buen sueldo, un piso en alquiler bastante decente, en el centro, algunos amigos y una vida tranquila. ¿Qué mas se podría pedir?. Pero yo no era feliz. Algo en mi interior me susurraba, tan bajito que no podía siquiera escuchar lo que me decía. Quizás el problema fuera que nunca tenía tiempo para escucharla. Pero fuera como fuere, no me sentía a gusto con mi vida. Sabía que algo iba mal, pero no sabía el que. Y esa incertidumbre, esa duda, era lo que estaba acabando conmigo. Quizás nunca lo averiguara. Quizás fuera hora de que empezara a acostumbrarme a lo que tenía y acallar esa voz de una vez por todas, de acostumbrarme a esto.
Un leve cosquilleo en la palma de mi mano derecha fue lo que me sacó de mis pensamientos. Cuando volví la vista hacia ella, lo que vi me dejó sin palabras. Era preciosa, maravillosa. Tenía unas espléndidas alas salpicadas con alegres y exquisitos colores que se abrían y cerraban lenta y sutilmente. Estaba encarada hacia mi. Hubiera jurado que estaba mirándome. Era la mariposa más bella que había visto nunca. Mis músculos permanecieron inmóviles y mi respiración disminuyó de ritmo. No quería asustarla y que se marchara volando. Puede que si lo hacía jamás volviera a ver algo tan espléndido. Sin esperarlo, la mariposa disminuyó el sutil aleteo hasta que, por fin, juntó sus frágiles alas sobre su cuerpo. Parecía que quería confiar en mi. ¿Podría ser...?. Quería comprobarlo. Puse a prueba su confianza posando mi otra mano sobre ella, dejando el hueco justo entre ambas para no hacerle ningún daño. Y sin saber porqué la acerqué a mi corazón. Quería que sintiera su palpitar, que sintiera lo que yo sentía.
Pasaron unos pocos y confusos minutos, en los que mi alma se sinceró y mis miedos y anhelos se liberaron en la nada, ante un ser tan frágil y hermoso como era la mariposa. Ella no se movió en todo ese tiempo. Estaba posada entre las palmas de mis manos, con las alas unidas en lo alto y atenta a todo lo que sucedía. Entonces levanté la mano que la cubría. No sucedió nada. La mariposa no echó a volar. Y así permaneció, inmóvil, en esa misma posición, como asimilando todas y cada una de mis confesiones. Y de repente, sus alas se desplegaron, su cuerpo se contorneó y comenzó a volar. Salió veloz por la ventana. Antes de perderla de vista pude ver como describió unos pocos círculos en el aire antes de marchar. Y así acabó todo.
Pasaron dos días desde aquellos sucesos. Mi vida había vuelto a la normalidad. Me había convencido en este tiempo de mi estupidez pensando que tal vez la mariposa fuera el mensajero del que hablaba la joven y de que ese era el momento preciso que estaba esperando. Y lo más estúpido si cabe había sido considerar las palabras de la joven como serias. Estaba seguro que esa muchacha volvía también de fiesta y viendo mi estado, me había intentado tomar el pelo para reírse de mi. Y yo como tonto le creí. ¿Tan desesperado estaba por que las cosas cambiaran?. Todo esto no tenía sentido, debía hacer caso a mi cabeza y conformarme con esta buena vida de la que disfrutaba. Durante el resto del día olvidé todo. Volví a casa, cené, vi un poco la estúpida televisión y me dormí temprano. Otro día más en mi monótona vida.
Al día siguiente, el tercero desde que sucedió aquello, desperté. Y desperté como nuevo. Parecía que la luz, los colores, los sentimientos, el mundo entero había cambiado. De cualquier manera debía ir a trabajar. Arreglándome en el baño fue cuando me di cuenta de que algo extraño había sucedido esa noche. Mi cabello estaba minuciosamente anudado. No hubo manera de deshacer esos nudos por completo. Muchas veces me levantaba con el pelo revuelto, como es normal, pero nunca con esos diminutos nudos, imposibles de quitar sin tener todo el día por delante.
Caminé hacia el trabajo, como de costumbre. Las calles a esas horas de la mañana estaban atestadas de gente. Mis pasos eran firmes y decididos, el día precioso y mi ánimo había crecido notablemente en relación a los días anteriores. Me sentía bien. Alguien tropezó conmigo. Como es normal con ese alboroto, no le di importancia y continué mi camino. Pero entonces sucedió algo que sólo ahora he logrado comprender. Unas palabras flotaron detrás de mi, que dijeron:
- Tienes un pelo maravilloso, me he divertido mucho esta noche. - una aguda y casi imperceptible risa llegó a mis oidos - . Disfruta de tu nueva vida!
¿Qué demonios? Era esa voz, la misma voz que hacía unas noches me había hablado de vuelta a casa. Esa risueña, dulce y casi adolescente voz. Evidentemente, cuando me di la vuelta, no pude distinguir a la muchacha que recordaba de aquella noche, porque ya no estaba allí. Había demasiada gente, y era fácil no distinguir a una persona entre la multitud. De todos modos me había gustado oírla. ¿Sería cierto o sólo imaginaciones mías? No importaba, el caso es que me sentía extrañamente bien esa mañana. Tenía el presentimiento de que, en ese preciso instante, las cosas iban a cambiar.
Y así sucedió a partir de ese momento. Esa misma mañana me despedí del trabajo, nunca supe bien porqué. En menos de una semana desde mi salida de la empresa, emprendí un largo viaje por Europa, lleno de anécdotas, de buena gente y de algunos íntimos pensamientos. Y fue durante ese viaje donde se me otorgó el conocimiento más valioso que jamás haya podido otorgarse a nadie. El conocimiento de uno mismo. Comprendí quién era, comprendí mis deseos y mis esperanzas, comprendí el camino que deseaba emprender y descubrí lo más importante, mi verdadera personalidad. Fue así como regresé para volver a nacer, dejando todo lo que tenía atrás. Algunas cosas fueron dolorosas, pero necesarias. Y otras simplemente se desvanecieron. Así comenzó mi nueva vida.
Y hoy, doy gracias a esa preciosa muchacha de la dulce voz. Y doy gracias a la bella mariposa que un día me permitió confesarle mis miedos y deseos y los transportó fielmente para que hoy esta nueva vida haya sido posible. Puede que pienses que todo fueron casualidades, que nada de esto tiene sentido fuera del azar. Pero a mi me gustaría pensar que todo fue gracias a ese hada y a esa mariposa, tan hermosas como la vida que me han ofrecido llevar. Si alguna vez una mariposa se posa sobre tu mano y confía en ti, sincérate con ella, porque puede que haga alguno de tus deseos realidad. Puede.
Publicado el 04-10-2007 a las 12:22 por Lestat3267 comentarios
Amante Esporádica
Aquí está. Sabía que tarde o temprano nos encontraríamos. Siempre sucede. Y sucede en cualquier lugar, en cualquier momento, cuando dejas de esperarlo. Habían pasado meses entre visitas fugaces, esporádicas. Parecía que no tuviera prisa por encontrarse conmigo. Que deseara alargar el momento para que, al llegar, fuera sublime. Siempre me deja expectante.
Hoy por fin ha llegado el día. Al atardecer. Cuando las nubes cubren el cielo y la oscuridad amenaza con hacerse dueña de las calles. Cuando todo empieza a perder su resplandeciente color y pasa a formar parte de la complicidad de la noche. Salgo del trabajo y ahí está ella. Le miro. Es cambiante, pero siempre conserva su esencia, ese toque que la hacer ser como es, especial. Me acerco a ella y le saludo con la mirada. Le doy la mano. En realidad le ofrezco todo mi cuerpo. Y ella lo toma sin prisa, como cohibida. Nos sentimos. La siento. Y allí quieto la observo, deslumbrado por su belleza.
Recorremos juntos el camino hacia casa, sin prisas, disfrutando del momento. Toda ella resplandece. Miles de colores iluminan su figura. -Destellos de vida- pienso mientras caminamos abrazados. Siento como mi cuerpo se empapa de ella. La siento en todo su esplendor y en todo mi ser. Si la gente se parara a observar mi cara, pensaría: “pobrecito, está enamorado”. Se nos debe ver como dos amantes furtivos que pasean arropados bajo la delicada luz de la luna. Realmente me siento feliz por volver a verla, por volver a estar con ella. Y ella no para de jugar conmigo, de acariciarme sobre la ropa que siento cada vez más pesada, como si sobrara. Así, ensimismado en estos y otros pensamientos, por fin llegamos al final de nuestro camino.
Es el momento de la despedida. No puedo invitarla a mi casa, y ella lo sabe. Abro precipitadamente la puerta del portal y permanezco allí de pie, dándole la espalda. Entonces un repentino frío se apodera de mi cuerpo, que no deja de temblar. Armándome de valor, consigo volverme hacia el lugar donde estaba. Y la encuentro con la mirada al otro lado de la puerta. Pero ya se está marchando, errante, perdida, dejando a su paso calles bañadas en llanto. No puedo seguir allí.
Al llegar a mi habitación, la observo por la ventana, cada vez más lejana, más frágil. No sé cuando la volveré a ver. Aún sin su compañía, todas las partes de mi cuerpo la sienten, la desean. Sé que poco a poco desaparecerá. Se desvanecerá y volveré a echarla de menos. Entristecido, veo como se pierde en el horizonte. Y sólo entonces me doy cuenta de que no quiero perderla tan pronto. Me cambio mi pesada ropa y bajo a la calle tras su rastro, pero ya no la encuentro. Ha vuelto a desaparecer. Pero aún así corro. Corro hacia donde la vi por última vez, guardando una efímera esperanza. Y corro tanto que llego hasta donde el camino me permite, hasta la playa. Ya no puedo continuar.
Regreso a casa preguntándome cuando volverá a venir, cuando nos volveremos a ver. Sé que nos encontraremos de nuevo, pero odio la espera en la que a veces siento como si le estuviera siendo infiel. Pero juro que no lo soy. La amo en secreto. Y a su regreso la volveré a desear tanto como lo he hecho hoy, en esta noche, en Barcelona. Te esperaré, amante eterna.
Sólo a ti, caprichosa y dulce lluvia.
Publicado el 19-09-2007 a las 17:36 por Lestat2976 comentarios
Ars Magna
Camino hacia el lugar en que me tengo que alojar esta noche. Serán unos dias interesantes. Pienso en si mi vestimenta es correcta y me hago un repaso. Pantalones negros a rayas grises, camisa negra con gemelos, gomina suficiente en el pelo y gafas de sol D&G. Junto con la americana de pana negra que llevo en la mano todo parece correcto.
Ya tengo el hotel a dos calles. Puedo ver el mar y los cerca de 40 pisos del edificio. La verdad es que impresiona, aunque no pienso realmente en eso. Pienso en la clase de gente que me voy a encontrar dentro y eso es lo que realmente me preocupa. Nunca había estado antes en un hotel de 5* en el que una habitación cuesta el sueldo medio de cualquier persona.
Paso por la puerta decidido y saludo sutilmente a los aparcacoches. Camino hacia la recepción. Me toca esperar, así que aprovecho para observar a la gente. Y mis ojos se paran repentinamente en una mujer. Debe tener unos 27 años. Pelo negro, largo y con un recogido elegante. Lleva puesto un vestido de noche, largo hasta los tobillos y ceñido a su cuerpo. El tejido de esa prenda es tan fino que insinua hasta el más mínimo detalle de lo que esconde. Sus zapatos de tacón están sujetos a sus pies por unas pequeñas tiras que se enredan alrededor de sus tobillos. Me parece la persona más elegante del hotel. Así me encuentro, observando hasta el más mínimo detalle de esa mujer. Y ella parece percatarse, como por instinto, y se gira hacia donde me encuentro. Me mira fijamente. Sonrie y se vuelve a atender sus asuntos. Es preciosa, muy atractiva. Y esa mirada, esa sonrisa... provocativa, sutil, delicada y perversa. Me estremezco. Pero entiendo esa mirada. Una simple expresión con la que ha sido capaz de decirme: "estoy dispuesta a jugar al juego en el que tu me deseas y yo finjo que me interesas. Juguemos".
En ese momento la recepcionista requiere mi atención. Es mi turno. Recojo la llave y ella me acompaña al ascensor. Es una chica muy mona, pero no puedo quitarme de la cabeza aquella mirada. Mientras sube el ascensor pienso en lo difícil que es encontrar a una mujer como ella. Hoy en día las mujeres han dejado las sutilezas de lado. Ya no seducen con detalles. Descubren todo lo que pueden de su cuerpo y ocultan lo que no les interesa que veas. Y si quieren saber de tí, se lanzan sin previo aviso. Creo que ahora desprecio esa actitud.
La habitación es impresionante. Bañera, hidromasaje, albornoces y toallas de un blanco perfecto, sábanas de algodón egipcio, muchos cojines, diván y escritorio, moqueta y luces de ambiente variadas, lecturas del día, bombones y bebidas alcohólicas... incluso tienen Heineken. Me abro una mientras me preparo el hidromasaje y me fumo un cigarrillo. No es una habitación de fumadores, pero lo necesito. ¿Qué será de esa mujer?. Es posible que siga por ahi abajo, pero no tengo ganas de jugar. Quizás otro día. De momento me conformo con su recuerdo.



